El ornitorrinco, un enigma evolutivo de Australia
Cuando en 1799 llegó a Londres la piel de un animal recogido en Nueva Gales del Sur, el naturalista George Shaw no se creyó lo que tenía delante. Un cuerpo peludo con pico de pato y patas palmeadas parecía obra de un taxidermista bromista, así que buscó puntadas con unas tijeras antes de describirlo. No las encontró.
Aquel ejemplar era un ornitorrinco (Ornithorhynchus anatinus), y más de dos siglos después sigue siendo uno de los animales que más ha obligado a la biología a revisar sus categorías. No porque sea una criatura «a medio hacer», sino por lo contrario: porque conserva rasgos que el resto de los mamíferos perdimos hace mucho, y al mismo tiempo ha desarrollado por su cuenta soluciones que no existen en ningún otro linaje.
Un mamífero que pone huevos
El ornitorrinco pertenece al orden Monotremata, que hoy agrupa únicamente cinco especies: el ornitorrinco y cuatro de equidnas. Es un linaje basal dentro de los mamíferos —no un grupo «primitivo»—, y la diferencia no es solo semántica: los monotremas llevan unos 187 millones de años evolucionando de forma independiente desde que se separaron de los terios, el linaje que reúne a marsupiales y placentarios.
Conviene deshacer aquí un malentendido muy extendido. Que el ornitorrinco ponga huevos no significa que descienda de los reptiles. Mamíferos y reptiles son linajes hermanos: los sinápsidos, de los que procedemos, y los saurópsidos, que dan lugar a reptiles y aves, se separaron a partir de un antepasado amniota común hace unos 320 millones de años, en el Carbonífero. Los sinápsidos no eran reptiles en ningún momento de su historia. Lo que el ornitorrinco conserva no son, por tanto, rasgos reptilianos, sino caracteres ancestrales de los amniotas que el resto de los mamíferos perdimos por el camino.
La hembra pone habitualmente dos huevos, pequeños y de cáscara flexible, y los incuba enrollada a su alrededor durante unos diez días en el interior de una madriguera. Las crías nacen diminutas, ciegas y prácticamente indefensas. No hay pezones: la leche se segrega por áreas glandulares de la piel del vientre, las areolas, y las crías la lamen del pelaje. Es un sistema que ilustra bien cómo pudo originarse la lactancia, y su leche contiene además proteínas propias de los monotremas con actividad antimicrobiana, probablemente porque el alimento queda expuesto al ambiente en lugar de circular por un conducto cerrado.
Un cuerpo hecho para el agua
Torpe en tierra y eficacísimo en el agua, el ornitorrinco tiene un cuerpo hidrodinámico, un pelaje doble e impermeable que atrapa una capa de aire aislante y una cola aplanada que además funciona como reserva de grasa. La propulsión corre a cargo exclusivamente de las patas delanteras, cuya membrana interdigital se repliega al caminar; las traseras y la cola actúan como timones.
Su rasgo más notable no es el pico en sí, sino lo que hay dentro. La piel del pico alberga unos 40.000 electrorreceptores y unos 60.000 mecanorreceptores, y el animal no los usa por separado: localiza a la presa midiendo el desfase temporal entre la señal eléctrica generada por la contracción muscular de su víctima y la onda de presión que produce al moverse, que viaja mucho más despacio. Ese retardo le da la distancia, igual que el intervalo entre relámpago y trueno. Es un sistema bimodal, electromecánico, y no tiene equivalente entre los mamíferos.
Con ello caza larvas de insectos acuáticos, anélidos y crustáceos bentónicos con los ojos, los oídos y las fosas nasales cerrados. Las capturas no se comen bajo el agua: se almacenan en bolsas yugales y se procesan en superficie.
Veneno en los espolones
El ornitorrinco es uno de los pocos mamíferos venenosos que existen. Los machos poseen en las patas traseras un espolón córneo conectado a la glándula crural, que aumenta de tamaño en la estación reproductora; el veneno se emplea en los enfrentamientos entre machos por el acceso a las hembras. En humanos no es letal, pero provoca un dolor extremo y una hiperalgesia que puede prolongarse durante semanas y que responde mal a los analgésicos opiáceos convencionales.

Aquí conviene corregir una idea que circula mucho: este veneno no es una herencia reptiliana. El análisis de los genes implicados demostró que proceden de duplicaciones ocurridas de forma independiente en el linaje del ornitorrinco, sobre familias génicas —las defensinas— presentes en todos los amniotas. Que el resultado funcional se parezca al de algunos reptiles no indica parentesco, sino evolución convergente: dos linajes que llegan por caminos separados a la misma solución. Es, de hecho, un ejemplo mucho más interesante que el de la supuesta herencia ancestral.
Sin dientes y sin estómago
Dos rasgos poco conocidos ilustran hasta qué punto el ornitorrinco no es un mamífero «congelado en el tiempo», sino uno profundamente especializado.
El primero: el adulto no tiene dientes. Las crías desarrollan piezas vestigiales que pierden poco después de abandonar la madriguera, y a partir de ahí trituran el alimento con placas queratinizadas del pico. Los monotremas fósiles del Mioceno, como Obdurodon, sí conservaban dentición funcional, de modo que se trata de una pérdida secundaria.
El segundo: carece de estómago glandular. Los monotremas perdieron los genes del pepsinógeno y de la bomba de protones gástrica, de forma que el esófago desemboca en una dilatación sin glándulas digestivas que conecta casi directamente con el intestino. Es una simplificación anatómica que comparten con algunos peces y que probablemente se relaciona con una dieta de invertebrados de exoesqueleto quitinoso.
A ello se suma una fisiología térmica peculiar: mantiene una temperatura corporal en torno a los 32 °C, varios grados por debajo de la media de los mamíferos placentarios. Y una curiosidad descrita apenas en 2020: su pelaje emite biofluorescencia verde-azulada bajo luz ultravioleta, un fenómeno cuya función, si la tiene, todavía se desconoce.
Un genoma que cuenta una historia
El genoma del ornitorrinco se publicó en 2008 y se completó a escala cromosómica, junto con el del equidna, en 2021. Los resultados justifican de sobra la etiqueta de «mosaico», pero por razones distintas a las que suelen citarse.
Lo más espectacular es su sistema de cromosomas sexuales: no uno, sino diez (cinco X y cinco Y), que durante la meiosis se alinean formando una cadena que se segrega en bloque. Y su contenido génico no guarda homología con el cromosoma X de marsupiales y placentarios, sino con el cromosoma Z de las aves. El interruptor que determina el sexo tampoco es SRY, ausente en monotremas, sino un gen candidato distinto, AMHY.
El genoma explica también la coexistencia de dos estrategias reproductoras. El ornitorrinco conserva un gen funcional de vitelogenina —la proteína del vitelo del huevo, que los mamíferos terios perdimos por completo— y a la vez posee la batería de genes de las caseínas lácteas. No es un animal a medio camino entre grupos: es un mamífero que nunca abandonó una herramienta ancestral mientras desarrollaba otra nueva.
Un apunte de precisión: el órgano vomeronasal, que a veces se presenta como rasgo «reptiliano», está presente y es funcional en la mayoría de los mamíferos. Lo destacable en el ornitorrinco es la amplitud inusual de su repertorio de receptores vomeronasales, no su mera existencia.
Un linaje gondwánico
El ornitorrinco vive hoy en los cursos de agua del este de Australia y en Tasmania, pero llamarlo sin más «australiano» oculta una historia mucho más amplia. El registro fósil sitúa monotremas en la Australia del Cretácico inferior —Teinolophos, de unos 120 millones de años— y también, de forma decisiva, en Sudamérica: Monotrematum sudamericanum, del Paleoceno de Patagonia, y el hallazgo de Patagorhynchus, publicado en 2023 y datado en el Cretácico superior argentino.
Es decir: los monotremas fueron un grupo gondwánico, distribuido por el supercontinente austral cuando Sudamérica, la Antártida y Australia todavía estaban conectadas. Su distribución actual no es el resultado de haber aparecido en Australia, sino de haber sobrevivido solo allí.
Un indicador de la salud de los ríos
Como consumidor bentónico estrechamente ligado a cursos de agua permanentes, el ornitorrinco funciona como indicador de la integridad de los sistemas fluviales australianos. La UICN lo clasifica como casi amenazado, pero la situación es más preocupante a escala regional: el estado de Victoria lo catalogó como vulnerable en 2021, y las sequías prolongadas junto con los incendios de 2019-2020 provocaron retracciones locales de su área de distribución.
Las presiones directas están bien identificadas: la fragmentación de los cauces por azudes y presas, que aísla poblaciones e impide la recolonización; la extracción de agua; la degradación de las riberas; y una amenaza concreta y evitable, las nasas de pesca de tipo *opera house*, en las que los animales quedan atrapados y se ahogan al no poder emerger a respirar. Su prohibición en varios estados australianos es una de las medidas de conservación de resultado más inmediato.
Un superviviente del tiempo
El ornitorrinco es, en definitiva, una ventana viva al pasado, un recordatorio de que la evolución no sigue una línea recta, sino que experimenta, combina y conserva. Es un animal que desafía las categorías, que obligó a los primeros naturalistas a replantearse qué significaba ser mamífero, y que sigue inspirando a los científicos actuales a mirar con asombro la diversidad de la vida.
El ornitorrinco no es un eslabón, ni una fase intermedia, ni un fósil viviente. Es un mamífero contemporáneo, con 187 millones de años de evolución propia a sus espaldas, que combina caracteres heredados del ancestro común de los amniotas con innovaciones que no tiene ningún otro vertebrado.
En un mundo donde muchas especies desaparecen antes de ser comprendidas, el ornitorrinco se mantiene como un símbolo de la resiliencia y la singularidad evolutiva. Un pequeño embajador de la historia natural que, con su pico de pato y su genoma de enigmas, nos recuerda que la naturaleza nunca deja de sorprender.
Su interés científico no reside en lo raro que resulta, sino en lo que permite reconstruir: cómo se originó la lactancia, cómo se ensamblaron los sistemas de determinación sexual de los mamíferos, cómo funcionan los sentidos que nosotros no tenemos. Y su interés como caso de estudio es más elemental todavía: nos recuerda que las categorías con las que ordenamos la biodiversidad son herramientas nuestras, no propiedades de la naturaleza, y que conviene revisarlas cada vez que un animal se niega a entrar en ellas.

