Listeria de Troya

Mi nombre es Listeria monocytogenes, aunque todos me llaman Listeria. En mi familia, los Listeriaceae, somos muy pequeños (0,5 micras), así que para defendernos nos hemos vuelto un poco matones y bacilones (Gram positivo), además somos únicos e independientes (unicelulares nos llaman). Vivimos sobretodo en el suelo y en vegetales, pero como buenas bacterias anaerobias facultativas vivimos con y sin oxígeno. Y ¿sabes algo?, nos encanta visitar los alimentos que coméis los humanos. 

Así, estaba un día dándome un plácido baño en un tazón de leche de vaca recién ordeñada, cuando llegó un señor de ciudad, que no sabía nada del campo, y ¡me bebió de un trago! Me enfadé tanto, que decidí vengarme. 

Una vez dentro de su organismo, empecé a dar vueltas de célula en célula. Pero de repente llegó una patrulla de macrófagos e intentó fagocitarme. ¡Ja, ja, ja! Lo que no sabían es que mi segundo nombre es patógeno intracelular facultativo, así que, no solo les despisté, sino que me escondí dentro de una célula y conseguí crecer y multiplicarme. 

Ahora que ya no estaba sola y tenía una banda, decidimos invadir más células: entrábamos, saqueábamos la despensa y nos escapábamos rápidamente para que no nos pillasen. Cada vez más células tenían nuestra marca, que más tarde oí a alguien llamarla infección. La verdad es que utilizamos esa habilidad de colarnos en las células, resistir y multiplicarnos en su interior, como lo que un antepasado griego de mi familia llamaba “un caballo de Troya”, para llegar a otras partes del cuerpo. 

Fue una gran victoria, pero también provocó nuestro fin: resultó que no somos superbacterias. Como ahora ya sabían dónde estábamos y lo peligrosos que éramos, mandaron a los Geos antibióticos. Les costó un poquito reducirnos, pero no tuvieron piedad y acabaron con nosotros en pocos días. Eso sí, le dejamos un recuerdo al señor que no olvidará en su vida… 

Cuantas más células infectábamos, más calor hacía allí dentro. ¡Creo que llegamos a 40ºC a la sombra! Nos gusta el calor, pero era demasiado, así que intentamos buscar una zona más fresquita. Creo que estuvimos un par de días viajando y para no perdernos nos comunicábamos con nuestro sistema de señales quorum sensing, que, habíamos perfeccionado tanto, que nos daba más fuerza contra la policía antibiótica. Por fin llegamos al paraíso: el tronco cerebral. Aquí desplegamos toda nuestra efectividad y culminamos nuestra venganza causándole al señor de ciudad una romboencefalitis

Autora: Marina Barbas Salina. IES Arquitecto Pedro Gumiel, 2º BTO.