La vaca Blossom

Blossom era una vaca cualquiera, sin otra pretensión en la vida que pastar tranquilamente y espantar algunas moscas con el rabo.

Su ama se llamaba Sarah Nelmes, y era una buena ama.

Siempre se preocupaba de llevarla a los mejores pastos, que nunca le faltara una buena ración de agua en el abrevadero y, además, cuando la ordeñaba para aliviar la presión en las ubres, siempre lo hacía con delicadeza y ternura…no como ese pilluelo del hijo del jardinero, que a veces se colaba para llevarse un poco de leche gratis y al hacerlo lo hacía con prisas, dándole siempre algún pellizco.

Pero desde hace unos días, Blossom no se encontraba muy bien y notaba un escozor en las ubres.

¿Qué le pasa a Blossom, Sarah? -preguntó James Philips, el pequeño hijo del jardinero-. ¿Por qué las has separado de las otras vacas?

-Hola James, no es nada, sólo ha contraído la viruela bovina, así que tengo que separarla de las otras para que no las contagie y limpiarla bien para que se cure pronto -dijo Sarah.

-Vaya, que lata, ahora no podré… -iba a decir ordeñarla, pero se dió cuenta de que se iba a declarar y cambió el final de la frase- …ver que bien la ordeñas.

Sarah le miró divertida, pues sabía lo que el niño hacía de vez en cuando, y dijo:

-Bueno, lo malo es que yo también me he contagiado de la viruela…

James no la dejó terminar, soltó un pequeño grito y se apartó unos pasos.

-Tranquilo James, es sólo la viruela bovina, no la humana. Esta viruela sólo da síntomas leves, y además, cuando te contagias de ella, ya no te puedes contagiar de la humana- dijo Sarah.

James la miró con ojos como platos y dijo:

-Yo también quiero, me da miedo la otra viruela, el año pasado murieron muchos niños en el pueblo y algunos encima eran amigos míos.

Sarah se le quedó mirando unos momentos y dijo:

-Ya sé lo que vamos a hacer, vamos a hablar con el jefe de tu padre, el Doctor Edward Jenner. El otro día, al ver mi mano infectada, me pidió ayuda para hacer un experimento y creo que tú podrías ayudarle, y así además te harías inmune a la viruela.

Los ojos del pequeño se iluminaron y asintió con alegría.

Blossom no entendía nada de lo que decían, pero tener cerca al niño la ponía nerviosa, así que se alegró mucho cuando su ama y el pequeño se marcharon hacia la casa.

Y siguió pastando tranquilamente, sin saber que había sido protagonista de un descubrimiento que salvaría millones de vidas en el mundo.

Pero esa es otra historia.

Autora: Celia Fernández Martín, Colegio Pequeño Príncipe, 2º BTO.

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